Especial San Valentin
No me imagino una vida sin ti. Son tantos años a tu lado que tengo querencia. Aprovecho que conozco los surcos de tu piel, los que yo mismo te he dejado y que me llevan a tus rincones favoritos. Me enseñaste a besar, a besarte; deliciosos bocados húmedos, pausados, calmados, estratégicamente colocados en su sitio y en su momento. Conozco tu mente y sus callejones sin salida, descubrí un laberinto incompleto que me mostraste y te mostraste. LEE MÁS » en www.elrecreoderafa.wordpress.com
bumerán
—Pídeme lo que quieras menos eso— dije.
—Hazlo, hazlo ya ¡maldita sea!—musitó mi padre.
—No puedo, ¿no lo entiendes?. No puedo. Antes preferiría…—y miré hacia otro lado, para que no viera mi cara. Luego le volví a mirar para decirle —antes me voy.
Se hizo un silencio. Traté de escapar del escrutinio de su mirada, lanzando la mía a través de la ventana. Estaba atardeciendo. Cerré los ojos para anticiparme a la noche. Deseé que él desapareciera de mi vista. Aunque sabía que su ausencia no era la solución a mi problema. Soy un cobarde. Permanecí con los ojos cerrados. Esperábamos sin saber a qué, en silencio. Sabía que aún estaba allí, inmóvil, como todas las tardes. Sentía su mirada y no me hacía falta hacer nada más para comprobarlo.
Cerca de él en su mesilla, la lata de Nivea que permanecía medio abierta, desprendía uno de los pocos estímulos agradables que llegaban a mis sentidos. El olor inconfundible de la crema, habitaba aquel cuarto y me transportaba a la niñez.
Aún podía recordar cómo desde la habitación de mis padres, tomaba prestada la crema y mirándome frente al espejo de la cómoda, la extendía por mi cara como tantas y tantas veces, le había visto a él hacer lo mismo con la brocha y la espuma de afeitar. Yo lograba embadurnarme allí donde años más tarde crecería el vello y entonces en mí, buscaba sin éxito, el contraste del blanco de la crema y los dientes no tan blancos de mi padre. Luego tarareaba la misma canción que el cantaba por las mañanas mientras se afeitaba. La propia tapa de la lata, hacía las veces de cuchilla imaginaria. En otras ocasiones utilizaba un peine que luego limpiaba. Quería hacerme mayor tan rápido, quería ser un hombre desde niño, que apenas un año más tarde del último curso del colegio, ya le acompañaba a trabajar en el campo.
Con él aprendí a curarme las heridas de mis frágiles manos. Mi padre con su paciencia supo enseñarme todo lo que sé. Me dio las claves para leer las nubes, los vientos y las estrellas. Me enseñó a observar el momento de madurez de la frutas, a descubrir los peligros de la naturaleza, a recolectar de la manera más eficiente la uva, a pisarla, a sacar el estrujón, que junto con el zumo iría a parar a las tinajas, donde se transformaría en vino. Vino que llenaría las botas a las que daríamos matarile en las corridas de toros del verano.
Me enseñó a beber con mesura. A untar de tez la bota de vino para protegerla del invierno. A cuidar los aperos. A protegerme de la mejor manera del frío y la lluvia. A hacer una buena chasca en invierno y a quemar con cuidado los rastrojos en primavera. Siempre recordaré aquella vez…
—Me estaba acordando— dije sin abrir los ojos — ¿Papá?
—Dime hijo sigo aquí.
—Me estaba acordando de aquella vez que quemando rastrojos, las pavesas fueron a parar a las zarzamoras que delimitaban aquellos viñedos. ¿Recuerdas? El fuego casi pudo contigo… yo me quedé paralizado como un idiota, acojonado como siempre y tú cogiste unas ramas de más de dos metros y te movías de un lado a otro hasta que conseguiste vencer al fuego. Jamás olvidaré los pelos de tus brazos y tus cejas chamuscadas. Aún puedo sentir ese calor infernal que desprendían las piedras que hacían de linde y ese olor a chamusquina y tú envuelto en sudor y ceniza, pero ni el puto sol brillaba más triunfal que tú aquella mañana.
Y entonces callé para oírle a él suspirar.
Mi padre odiaba a la gente que decía tacos. De aquello —pensé— hacía tanto tiempo que ya…
Y yo seguía sin querer abrir los ojos. Aunque seguramente estaba anocheciendo, me negaba a encender las luces. No quería descubrir cómo el tiempo le había vencido y transformado en piel y huesos… Sólo el acuoso brillo azul de sus ojos, que aún seguían clavados en mi retina, me recordaban la fuerza del cielo, la soledad del viento, el valor del fuego, la generosidad de la tierra bien cultivada, el olor a tierra mojada y a castañas asadas, el valor de la determinación en una persona y cómo si crees en ti mismo, uno puede conseguir lo que se propone: apagar fuegos, sacar adelante a una familia, sobrevivir a los vericuetos de la vida…
Él me enseñó, todo lo que los demás no aprendieron en la escuela. Tenía respuestas para cualquier cosa. Supongo que por mi edad, no las entendía. Me parecían frases hechas; acertijos carentes de sentido. Pero luego a lo largo de toda mi vida, conseguí colocar a cada uno de ellos en su sitio. Sólo en ese instante cobraban más fuerza aún, haciéndose perennes en mi memoria. Como aquella vez que le reproché: “Papá, ¿por qué has pedido tantas tinajas, si no hay arrobas de vino suficientes para llenarlas?” y él mirándome me respondió: “Si no sobran, es que faltan.” Y qué cierto es, ¡qué difícil es la justa medida!.
Oí de nuevo un suspiro de mi padre. Parecía que era capaz de oír mis pensamientos, pero no le dije nada. Seguía sin encontrar el valor para hacer lo que me pedía.
En el silencio de la noche recordé que cuando quería impresionarme (y esto solía ocurrirle cuando descansábamos a la sombra de los castaños) me enseñaba palabras en alemán. Porque mi padre fue emigrante, cuando por España aún pintaba en bastos. Yo aún no había nacido, y él andaba ya por tierras germanas, limpiando, trabajando en fábricas, arreglando lo que podía arreglar, apagando otro tipo de fuegos… y me decía sabedor de mi admiración: “Mira tenedor se dice inhaber” y entonces con su inhaber pinchaba un trozo de caballa de nuestro almuerzo. Otras para ofrecerme algún consejo, empleaba algún proverbio alemán. Viene a mi presencia, uno en especial que decía así: “los ojos, se fían de ellos mismos, las orejas de los demás”. Por eso yo continuaba con los míos cerrados. Por eso y porque, como dije soy un cobarde.
Mi padre cuando estaba en vena era también muy gracioso. No era lo habitual, pero cuando nos apretábamos bien la bota del tintorro, le salía el teutón que llevaba dentro y danzaba una especie de polca que según él, era el baile típico de allí. Y aunque nunca le creí, hacía que me muriese de la risa, revolcándome, tirado en la sombra de aquellos castaños que le vieron bailar, pero también cargar como un mulo y trabajar hasta reventar y luchar con tesón contra los elementos para asegurarnos un futuro.
Luego vendría un trabajo más cómodo en la cooperativa y su retiro… y mi éxodo a la ciudad.
Por fin abrí los ojos. Decidí hacer lo que él hubiera hecho en mi caso. Decidí complacerle. Cansado de quedarme paralizado en los momentos en los que hay estar a la altura, abrí los ojos en el mismo momento en el que una de sus adivinanzas acababa de instalarse en mi memoria. Y aunque apenas podía enfocar correctamente, pues la oscuridad invadía toda la habitación, acudí a él casi a ciegas, a tientas.
—Eh papá, ¿recuerdas el acertijo junto al molino de agua?… ¿papá?— pero él no respondió.
—Un palo… ¿papá? — le busqué palpando sobre la cama. Pero él ya no estaba, se había ido.
—Papá, un palo— le digo, pese a que sé que ya no me puede oír. Me acerco a su oído y le susurro —un bumerán que ya no vuelve… es sólo un palo.
Y entonces es cuando armado de un valor innecesario, le desconecté de las máquinas que le mantenían con vida y me dije: ¿Quién apagará ahora mis fuegos?, ¿quién me enseñará todo lo que aún me queda por aprender?, ¿quién volverá a aportar luz a esta maldita noche?
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