Salvador


Todas las noches ocurría lo mismo. Ella levantaba un brazo y lo dejaba en vilo. Su cuerpo producía una serie de movimientos convulsivos, micro-sacudidas, como los de una ardilla. Entonces ya sabía que ella estaba teniendo un mal sueño y con mi mano yo bajaba su brazo, se lo aproximaba a su cuerpo y de paso le regalaba medio abrazo achuchándola contra el mío. A juzgar por el ruidito que ella emitía, debía reconfortarla, pues era un ruidito mezcla de gimoteo y placer, un ronroneo humano. Un ronroneo con el que yo caía dormido. Tras liberarla de sus males, parecían venir los míos. En mi sueño siempre ocurría igual. Comenzaba en la facultad de bellas artes…

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