Loco


Alfonso era un loco croata, un genio, un adelantado a su tiempo, un sabio, mejor dicho era un ser intemporal. Perdía la cabeza por el marisco y otros crustáceos, aunque siempre hablaba de cuanto echaba de menos las croquetas que le hacía su madre.

Rufus era arisco, terco y no se dejaba amilanar por nadie. Apenas se relacionaba con otros perros, aunque alguna vez perdió el olfato con alguna hembra. Por eso su dueño se sorprendió tanto cuando se acercó al hombre de alpargatas de cuadros y rayas grises. El maldito perro no atendía a los tirones de la correa que le propinaba. Rufus hociqueó la suela de sus alpargatas, giró 3 veces sobre sí mismo, para tumbarse al lado de aquel hombre que tomaba el sol sentado en el banco. “Cuando muera-dijo el extraño- me gustaría reencarnarme en perro” y de esta manera el dueño de Rufus se vio obligado a entablar la primera, de otras muchas conversaciones, que mantendría en aquel verano del 93.

Alfonso dialogaba sin complejos -parco en palabras eso sí- parecía sentenciar con sus breves expresiones. En ocasiones parecía enfatizar sus frases, abriendo tanto los ojos, que a uno le hacían olvidar su labio partido, sus costras en la cara, su pelo encrespado, su papada y sus hilillos de baba que hacían combas entre el labio superior e inferior.

Tenía pinta de excéntrico, dicen que es porque se dio un golpe en el cráneo en un accidente de tráfico, y que desde entonces no levanta cabeza, pero la verdad es que se limitaba a verbalizar, tal cual, lo que alguna que otra vez todos hemos pensado y pocos nos hemos atrevido a decir por miedo al qué dirán, por miedo a perder aquello que deseamos conservar: un trabajo, una mujer, una casa y un coche…

“Sobre estos 4 pilares gira nuestra sociedad, casa-coche-mujer y trabajo”- salía siempre ensimismado de su silencio Alfonso.

Pero a decir verdad, él parecía no necesitar ninguna de ellos. Tenía amplios conocimientos de la sociedad actual, de la Historia de la humanidad y de Política. Mayor sabiduría de lo que su decrépita apariencia pudiera decir. A veces jugaban a acabar los titulares de los periódicos, siempre acertaba. “Predecibles”-  escrutaba Alfonso- “una vez que entras en el circuito social- te vuelves esclavo de ella”.

Ante los ojos poco entrenados podría parecer un pasota, un ser no comprometido con su tiempo, pero quien se atreviera a conocerle, descubría que lo dejó todo para ser fiel a su filosofía anti-consumista. Aunque odiaba los vocablos que acababan en –ista, ese era uno de los pocos lujos que se podía permitir. De vez en cuando hasta Rufus recibía incrédulo sus clases magistrales sobre socialismo versus capitalismo, dignas del mejor de los doctorados.
Otras veces le propinaba al dueño de Rufus, unas palizas de espanto al ajedrez, “unas rápidas…”- decía el loco-  y vaya si lo eran. Duraban lo que Alfonso quería que durasen.

Otras veces se quedaba absorto en sus propios devaneos mentales, y luego soltaba alguna pregunta retórica: “¿Por qué fabrican automóviles tan veloces si no permiten circular a más de 30?”.

Alfonso era ateo, aunque de su cuello colgara un cristo de oro. Apenas podía ver la gracia de Dios. Y lo mejor de todo es que le encantaba jugar con las palabras. Sus favoritas eran las que contenían el fonema “cr” ese golpe de glotis con esa mezcla de ronquido. Podías pronunciar cien veces escroto y cien veces reía, sin desprender ese hilo de baba.

Fue en aquel día de los últimos de septiembre en el que ni Rufus quería dar la bienvenida al otoño. El perro tiraba de un lado a otro, para no salir a la calle, ni al parque, ni al banco que quedó huérfano. Nadie, salvo ellos dos, advirtieron la ausencia de Alfonso: el croata, el loco, el sabio… quizá retornó a su país, nadie lo sabe. Pero el dueño de Rufus iba todas las tardes a ese parque, a ese banco… colocaba las piezas en su tablero y mientras leía el periódico siempre le esperaba.

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